Cómo es una Ceremonia de Ayahuasca explicada desde la experiencia del alma y desde la ciencia

Extracto del Libro «Ayahuasca para principiantes» de Cyn Caran 

Después de haber reconocido mi sombra, llorado mis miedos como un niño y sentir que mi ego infantil moría para que mi ser renaciese—literal—, quise entender qué me había pasado. Desde la experiencia de otros que también cruzaron ese umbral sin quedarse atrapados en la paranoia. Porque si algo aprendí es que la ayahuasca no te da respuestas, te abre puertas. Y si no sabes lo que estás abriendo, puedes acabar huyendo de ti mismo disfrazado de chamán. Así que después del máster en estados expandidos de la conciencia, de irme a la Amazonía, perderme por los Andes y regresar, continué mi investigación, me puse a leer, a estudiar, a preguntar. A conectar mi experiencia con lo que han investigado psiquiatras, antropólogos, neurólogos, terapeutas y flipados con bata. Y lo que encontré tiene sentido. Duro pero con sentido. 

Primero: la ayahuasca no es una droga para flipar. Es una mezcla de plantas que, por alguna inteligencia que no entra en los laboratorios, activa partes del cerebro que normalmente no usamos y apaga otras que usamos demasiado. ¿Cómo lo hace? Por un lado, tienes la DMT, una sustancia que está presente en muchas plantas… y también en tu cerebro. De hecho, la utilizas para dormir. Es lo que algunos llaman “la molécula del espíritu”. Por sí sola, la DMT no hace mucho si te la tomas. Tu estómago la destruye antes de que llegue al cerebro. Pero en la ayahuasca viene acompañada por otra planta que contiene inhibidores de la IMAO. Esa combinación hace que la DMT atraviese la barrera digestiva y llegue limpia al sistema nervioso central.  

Ahí empieza el viaje. Pero no es un viaje cualquiera. A nivel cerebral, lo que pasa es que se apagan las zonas responsables de mantener el personaje que te montaste: el ego, el “yo soy así”, el “esto es lo que hay”. Esa parte del cerebro se llama Default Mode Network (donde reside el Ego). Cuando está activa, piensas como siempre, ves la vida con tus filtros, juzgas, controlas, planeas, te defiendes. Pero con la ayahuasca esa red baja su volumen. Básicamente, el ego se disuelve por unas horas. Y entonces aparece lo que estaba detrás: memorias, emociones atrapadas, visiones simbólicas, arquetipos, tus miedos, tu niño interior… lo que sea que tengas guardado en el sótano. No alucinas, no recuerdas: revives con el cuerpo. La corteza visual se enciende como un árbol de Navidad y tu percepción se amplía. Pero no porque estés viendo otra realidad, sino porque por fin estás viendo la tuya sin filtros. Por eso hay gente que ve serpientes, jaguares, fractales, ancestros. Porque es lo que llevan dentro. No es la planta, eres tú. La planta solo quita el candado.  

Aunque también existe el misterio que te hablaré más adelante. La ciencia lo ha medido: se activa más serotonina, dopamina, noradrenalina. Se conecta el sistema límbico con la corteza. Hay más flujo entre regiones del cerebro que normalmente no se hablan. Eso produce una expansión de conciencia, y entiendes más. Porque sientes más. Porque accedes a lo que tu mente ordinaria no soportaría ver en un lunes de oficina. Y ahora viene la parte importante. ¿Por qué todo esto es útil? Porque te permite ver sin juicio. Ver lo que evitaste, lo que callaste, lo que empujaste al fondo. Ahí está el trauma. Las decisiones que tomaste desde el miedo, las heridas de tu infancia, las creencias que no sabías que te manejaban. El “por qué” de tu adicción, tu ansiedad, tu rabia, tu vacío, todo eso se hace visible. Se hace cuerpo. Lo sientes. Y ahí es donde empieza la sanación.  

El psiquiatra Stanislav Grof lo llamaba la muerte del ego, porque dejas de identificarte con la versión reducida de ti mismo. Esa que aprendiste a fabricar para sobrevivir. El personaje. Cuando se rompe, duele, pero también se abren otras puertas: la del perdón, la compasión, la integración. No siempre. No automáticamente. Pero el terreno queda removido.  

Josep Maria Fericgla habla de un estado de conciencia dialógica. Donde puedes ver a todos tus personajes internos, discutir, pero sin identificarte con ninguno, es como si por fin te sentaras en la butaca del teatro de tu vida y vieras la obra completa. Con tus luces y tus sombras.  

Rick Strassman lo estudió con DMT puro. Sus pacientes decían haber viajado a otros mundos, hablado con seres inteligentes, sentido una presencia que los observaba. ¿Es real? ¿Es tu mente? ¿Es el inconsciente colectivo? Da igual cómo lo llames. Lo que importa es lo que aprendes al salir. Porque hay viajes que son una huida, y otros que son un regreso.  

Benny Shanon, otro experto, dice que la ayahuasca es la mejor terapeuta y también la mejor embustera. Porque te puede enseñar verdades profundas… o confundirte si no tienes raíces. Por eso hay que ir con humildad. Con respeto, con guía. Porque esta no es una fiesta espiritual, es una operación del alma sin anestesia.  

Gabor Maté, médico y terapeuta, lo dice claro: la ayahuasca puede ayudarte a tocar la herida que originó tu adicción, tu depresión o tu ansiedad, para entenderla, abrazarla y transformarla. Pero no lo hará sola, no es una píldora mágica, es una herramienta. Y como toda herramienta poderosa, si no la sabes usar… te puede cortar.  

A nivel espiritual, muchos hablan de la Madre Ayahuasca como una entidad. Una maestra, yo no sé si es literal o simbólica, lo que sí sé es que cuando estás ahí, hay algo que te muestra lo que necesitas ver. Y no, no es siempre bonito, pero es verdad y a veces esa verdad te quita veinte años de terapia. ¿Es otra dimensión? ¿Es tu inconsciente? ¿Es Dios? ¿Es tu linaje? No tengo la respuesta. Pero sí tengo la certeza de que la ayahuasca es un espejo. Y no cualquier espejo: uno que refleja lo que no puedes ver cuando estás corriendo todo el día huyendo de ti mismo. Así que cuando me preguntan “¿qué hace la ayahuasca?”, yo contesto esto: Te abre la visión. Te rompe. Y si estás dispuesto… te reconstruye. Pero eso no depende de la planta. Depende de ti. De tu intención, de tu contexto, de tu respeto y sobre todo… de lo que estás dispuesto a ver cuando entres en la cueva.  

Durante años me senté a meditar, a respirar, a mirar hacia adentro con honestidad y la paciencia de alguien que escribió varios libros. Pero fue en la selva, con la medicina corriendo por mis venas y el ego hecho pedazos, donde entendí que la experiencia mística no es un cuento de iluminados ni una fantasía de hippies. Es un territorio real y no lo digo solo yo. Lo dice también la ciencia y eso, para mí, fue una confirmación poderosa: que no me estaba volviendo loco. Me estaba encontrando con lo más real que hay.  

Michael Pollan lo cuenta en su libro Cómo cambiar tu mente, donde narra cómo científicos de renombre, como Roland Griffiths o Bill Richards, empezaron a estudiar con métodos rigurosos lo que pasa cuando alguien toma psilocibina y atraviesa un estado de disolución del yo. Lo llamaron «experiencia mística completa», y lo midieron. Sí, lo midieron. Porque no basta con sentirlo: había que entenderlo. Y lo entendieron. Resulta que cuando la red por defecto del cerebro se apaga, aparece algo más. Algo que no fabricamos. Algo que ya estaba ahí, esperando que bajáramos la voz del ego. 

Y ese algo, según cientos de voluntarios en estudios controlados, es tan profundo que cambia vidas. Te quita adicciones, depresiones, traumas. Pero no como una pastilla mágica. Sino como un fuego que lo limpia todo. Y ojo: no es solo lo que ves, es cómo lo vives. Porque en ese estado no estás soñando. Estás sabiendo. Es una experiencia noética, como decía William James: algo que no puedes explicar, pero que sabes con cada célula de tu cuerpo que es real. 

Lo más fuerte de todo es que no soy el único loco que ha pasado por ahí. Pollan recoge testimonios de personas que, en contextos clínicos con psilocibina, vivieron experiencias tan potentes que ni mil sesiones de terapia podrían haber tocado ese fondo. “Me sentí inundado de amor, belleza y paz más allá de lo que jamás había conocido o imaginado. Solo podía balbucear palabras como ‘gloria’, ‘gratitud’ y ‘Dios está en todas partes’.” Este testimonio lo ofreció un voluntario tras recibir una dosis alta de psilocibina en un entorno controlado. No fue un viaje cualquiera, fue una experiencia mística con todas las letras, una de esas que te marcan para siempre. Otro decía: “Sentí como si me recordaran algo que ya sabía… una verdad que había olvidado. Fue como una iniciación a una dimensión que no conocía, y entendí con total certeza que la muerte no es el final. Solo es una puerta que cruzas.”  

Así describía su experiencia otro de los participantes, señalando que esa vivencia le dio un nuevo sentido a la existencia. Para él, el miedo a morir desapareció. Y hay más. Richard Boothby, filósofo y voluntario en los estudios, afirmó: “Durante la sesión, este arte de la relajación se convirtió en una revelación. Entendí que dejar ir el miedo y abrirme al presente… era la clave de todo. No lo leí en un libro. Lo viví.”  

Incluso Roland Griffiths, uno de los principales investigadores en el campo, terminó describiendo sus propios viajes como “una forma de despertar espiritual”. No era un hippie en busca de luces de colores. Era un científico que descubrió que la conciencia podía abrirse como una flor, si sabías cómo regarla.  

La ciencia ha descrito cuatro características comunes en estas experiencias:  

1. Inefabilidad: no hay palabras que le hagan justicia. Todo intento de explicarlo suena limitado, pequeño.  

2. Noética: no lo imaginas, lo sabes. Lo reconoces como una verdad que no necesita pruebas.  

3. Transitoriedad: pasa en unas horas, pero la experiencia dura toda la vida.  

4. Pasividad: no lo provocas tú. Te sucede. Es como si algo más grande te tomara y te mostrara lo que eres de verdad.  

Cuando leí esto después de mis viajes con ayahuasca, se me puso la piel de gallina. Porque era exactamente eso. Y no solo yo, lo decía la UniversidadJohns Hopkins. Lo decía la Fundación Heffter. Lo decía Pollan, que venía del mundo escéptico, y terminó diciendo que hay cosas que no se explican con lógica, pero que están vivas dentro de nosotros. Griffiths incluso planteó una pregunta brutal: «¿Qué pasaría si descubriéramos que tenemos un mecanismo biológico para acceder a lo sagrado?» Pues pasa. Pasa cuando dejas de controlar. Cuando te rascas el alma hasta sangrar y decides rendirte. No todo el mundo está preparado para eso. Pero si alguna vez te pasa, si alguna vez cruzas ese umbral, no lo vas a olvidar. No te hablo de los colores o formas. Sino porque, por un momento, por unos minutos o unas horas, te acordaste de quién eras antes de tener nombre. Antes de tener historia. Antes de todo. Y eso, no lo cambia una experiencia. Lo cambia tu forma de vivir desde entonces. Porque después de ver eso, ya no puedes seguir viviendo igual. Ni queriendo lo mismo. Ni temiendo lo mismo. Lo místico es un umbral. Y ahora la ciencia también lo sabe.    

EL CONTEXTO ES EL 70 % DE LA EXPERIENCIA (Dónde, cómo, con quién y para qué. Eso lo cambia todo) Déjame ponerte un ejemplo que no se te va a olvidar.  

Puedes tener la mejor medicina, el brebaje más puro, preparado por un taita con treinta años de experiencia… pero si el entorno no es el adecuado, la experiencia se puede volver una tortura disfrazada de sanación. Espero no asustarte. Porque la planta no te va a adaptar el viaje según tus comodidades. Y si el espacio, el guía, la música, la energía o incluso tu estado emocional están fuera de lugar, el “viaje” puede convertirse en caída libre sin paracaídas. 

Por eso este capítulo es una invitación, es un recordatorio. No es solo la medicina. Es cómo llegas a ella. Dónde la tomas. Con quién. Y desde dónde. ¿Vas con respeto o con hambre de visiones? ¿Vas con humildad o buscando la iluminación en tres tragos? ¿Vas a mirar lo que no has querido ver… o solo a tener una experiencia “espiritual” para poder contarla en tu cumpleaños? Porque si no lo tienes claro, da igual lo que tomes. La medicina no es mágica. Y a veces, si no estás preparado, ese espejo te va a devolver una imagen que no vas a poder sostener. El mundo está lleno de autenticidad y falsedad. Ya sabes, siempre hay opuestos. Luz y sombra, arriba y abajo, dentro y fuera.  

Y justo en esto de las “medicinas” también hay mucho flipado. Gente que se pone plumas, canta en otro idioma inventado, y ni siquiera ha bajado una vez a su propia cueva. Y claro, si te pillan sin saber de qué va la historia, te la cuelan. Por eso escribo este libro. Para que puedas elegir bien. Para que sepas dónde metes tu energía, tu alma, tu vulnerabilidad. Porque cuando entras en estos territorios sin mapa, necesitas una brújula. Y no todo el mundo que dice ser guía lo es. Mi primera lección —y probablemente la más importante de todas— fue entender de verdad qué hace la ayahuasca. Nada de lo que te contaron o viste en YouTube. Sino lo que hace de verdad.    

¿QUÉ HACE LA AYAHUASCA? (No alucinas: ves lo que llevas dentro sin filtros)  

La ayahuasca no te regala iluminación. Ni es una máquina del tiempo, no es mágica ni milagrosa. La ayahuasca, cuando se toma con respeto, lo que hace es: Abrir. Solo eso. Abre las puertas de tu percepción. Es decir, te deja ver sin los filtros que llevas toda la vida acumulando. Sin juicio. Sin condicionamiento. Sin la voz de tu padre diciendo “no llores”. Sin la de tu madre diciendo “compórtate bien”. Sin la escuela, sin la religión, sin las redes sociales, sin tu personaje espiritual de última hora. Abre lo que está, nada más. Y nada menos. Te enseña lo que llevas dentro, sin decorado. Lo que estaba ahí, pero no podías ver porque habías aprendido a mirar hacia otro lado. Y lo hace como solo la naturaleza sabe hacerlo: sin preguntarte si estás listo. Se piensa que la ayahuasca es alucinógena, ese término es para los que hablan sin sentido. No alucinas, no ves cosas inventadas. Ves lo que es. Lo que hay. Lo que llevas entre pecho y espalda, en las tripas, en la mente subconsciente. Y si se aparecen serpientes, o abuelas, o luces, o fractales, no es porque la planta lo ponga ahí… es porque tú ya lo traías contigo. Por eso se dice que es visionaria. Porque te muestra. Muestra lo que escondiste, lo que reprimiste. Lo que metiste debajo de la alfombra emocional. Lo que empujaste al fondo de la cueva para seguir funcionando. La ayahuasca baja contigo a esa cueva, te enciende una linterna y te dice: “mira bien”. Y si tienes valor, miras aún más. Y si no, también. Porque lo vas a ver igual. 

Eso es lo que hace. Abre. No resuelve ella: resuelves tú con tu interpretación de lo que viste. No sana por sí sola, solo limpia si tú no te remangas. Y si le pones intención te lo enseña todo. Lo bonito, lo roto, lo que duele y lo que llevas siglos esperando sentir, sin delicadeza, sin permisos ni flores de colores. Sin frases de Paulo Coelho. Y una vez que ves… ya no puedes hacerte el ciego. Abriste la puerta, viste lo que viste y ahora es tu responsabilidad qué haces con ello. Pero —y este “pero” viene cargado— para poder abrir, alguien tiene que enseñarte a moverte por este laberinto de lo “espacial”. Este mundo que no pertenece a nada de lo que viviste antes.