El puzle del alma: vidas pasadas

Esta es la primera entrega de una serie de experiencias personales —propias y de participantes en retiros— creada para servir como guía y, sobre todo, para ofrecer una visión más real de lo que ocurre en una ceremonia. Nuestro propósito es ayudar a superar los miedos que suelen rodear a la medicina, especialmente en un contexto donde gran parte de la información disponible en internet resulta inexacta, sensacionalista o sesgada

1º EXPERIENCIA. VIDAS PASADAS. EL PUZLE DEL ALMA. 

Antes de consagrar la medicina, ya presentía que algo dentro de mí se preparaba para recordar. 

La sentí en mi cuerpo como un río tibio. Primero un cosquilleo, luego un vértigo suave, y finalmente una expansión que lo envolvió todo. Cerré los ojos. La oscuridad me recibió como si me conociera desde siempre. 

Al principio vi colores. Remolinos de luz que se movían como serpientes danzantes. Luego, las formas se ordenaron y apareció un camino: un sendero estrecho hecho de luz dorada que se extendía hacia un horizonte sin sol. 

—No tengas miedo —escuché dentro de mí. 

No supe si era la planta, mi alma o un recuerdo antiguo. Pero caminé. 

A cada paso, el sendero me devolvía fragmentos de mí mismo: un abrazo olvidado, un llanto de niño, una despedida que nunca había entendido. El aire vibraba con una música que no se escuchaba con los oídos, sino con el corazón. 

El camino se abrió en un claro. Y allí, en el centro, vi una figura. 

Un ser, más una silueta, hecha de luz, sin edad, sin historia. Me observaba con una ternura que desarmaba cualquier miedo. 

—¿Quién eres? —pregunté, aunque ya lo sabía. 

—Soy lo que has sido en todas tus vidas —respondió—. Soy lo que serás cuando dejes de olvidar. Soy tu ser. 

Entonces la visión se abrió como un caleidoscopio de vidas pasadas. 

Me vi como un sacerdote durante la conquista de América, vestido con ropas oscuras, imponiendo con soberbia el cristianismo a los indígenas. Sentí la dureza de aquel corazón, la ignorancia disfrazada de virtud, la violencia nacida del miedo. Me dio mucho asco sentirme como un inquisidor. Y vomité. Pedí perdón. Grité todo el dolor y la culpa de esa memoria que habitaba en mi cuerpo.  

La escena giró. 

Ahora era un chamán. Curaba con plantas, con cantos, con amor. Mis manos eran suaves, mi mirada profunda. La gente venía a mí buscando alivio, y yo ofrecía lo que antes les había robado con crueldad. 

Ese chamán tenía un rostro similar al que tengo en mi vida actual. Lloré de alivio, de alegría. 

Otra vuelta. 

Me vi en la Revolución Francesa, luchando por una sociedad más justa. Gritaba libertad, igualdad, fraternidad. Sentía la pasión de la justicia, pero también la sombra del fanatismo. 

Otra vuelta más. 

Vi una sucesión de vidas humildes y discretas, donde aprendí a ver la belleza de lo cotidiano. 

El caleidoscopio giraba sin descanso. 

Y de pronto me arrodillé ante lo que estaba presenciando, ante lo sagrado. 

¨Nos reencarnamos cientos de veces en el teatro de la vida, interpretando todos los arquetipos posibles para equilibrarnos y evolucionar. Comprendí que todas mis vidas habían sido necesarias para aprender a amar y ser consciente

En cada vida había aprendido algo que me conducía a este instante, a lo que soy. 

Y en el centro de ese caleidoscopio al que nos acercamos en cada vida, en cada ceremonia, solo había luz, una luz que irradiaba e impregnaba todo de plenitud, de éxtasis. 

—¿Por qué olvidamos? —le pregunté con un hilo de voz. 

—Porque es necesario para que puedas vivir en el teatro de la vida, y aprender. Y una vez que lo has hecho, recordarnos —respondió mi Ser—.  Eso ocurre en la ceremonia: el velo desaparece.

Colocó una mano de luz sobre mi pecho. 

—Nada ha sido un error. Todo ocurre para evolucionar. 

Sentí que mi corazón convertirse en selva. Una luz cálida brotó de mi pecho y se expandió por todo mi cuerpo. Sentí la medicina recorrer por las venas de mi cuerpo. Mi cuerpo se convirtió en la liana de la ayahuasca, en selva. Me sentí vivo, real. Lleno de entusiasmo.

Entonces me deshice de cualquier vestigio de culpa o de miedo. Comprendí que algo nos guía. Y lloré. Lloré de éxtasis ante la belleza de lo que estaba presenciando. Ante tanta verdad.

Y entonces ocurrió. 

Un temblor recorrió todo mi cuerpo como un tsunami: desde la cabeza hasta los pies, y desde los pies hasta la cabeza. 

Y vomité. Sentí cómo se desprendían emociones antiguas, memorias acumuladas durante siglos. Y de pronto me sentí limpio, vacío… pero un vacío que era plenitud, como si estuviera renaciendo sin memoria, entrando en una vida nueva donde todo era nuevo y posible. 

Me encontré extendido en el suelo, con los brazos abiertos, porque mi corazón se expandía más allá del cuerpo. Lloré como un niño recién nacido, pero de alegría. Solo existía el presente, el aquí y el ahora. 

Y en ese instante me inundaron visones de un futuro posible, de un destino que años después se cumpliría: vi ceremonias, vi personas transformándose, vi corazones abriéndose, vi seres reencontrándose consigo mismos… transformando a la sociedad. 

Esto ocurrió a principios del siglo, acaba de nacer mi hija, y la ayahuasca, en Europa, aún, era casi desconocida. Sin embargo, casi dos décadas después, se ha extendido por todo el mundo. Y es sólo el principio, el principio de algo más grande.

Sin darnos cuenta, estamos viviendo una transformación social que nunca antes hemos experimentado. Es una revolución silenciosa desde el amor y la consciencia. Y solo acaba de empezar porque, cada vez, más gente está despertando, despertando para cambiar el mundo. Nos esperan tiempos de cambios radicales, y la medicina nos quiere ayudar a adaptarnos a la nueva vibración de la tierra.

Vi la tierra como un corazón inmenso, en proceso de transformación, pero siempre latiendo con una luz turquesa. Cada vez con más luz. Y sentí a la selva como una gran madre llena de vida que, a través de la medicina, está gestando y pariendo una nueva humanidad. Personas conscientes, que saben que nos hemos reencarnado para amar y cambiar el mundo. Y, tal vez, por esta razón, se está extendiendo tan rápido. Ella nos bendice y protege en cada ceremonia porque somos sus hijas. De esta visión, nació el título de este libro: «Hij@s de la ayahuasca.»

La visión se desvaneció. 

Mi Ser se disolvió en luz. 

El canto del chamán volvió a llenar la maloca. 

Abrí los ojos. 

Y supe, con una certeza que no necesitaba palabras, que había visto mi alma. 

Que había visto todas mis vidas. 

Que había visto el propósito de la existencia. 

Y que el verdadero viaje —el único que importa— acababa de comenzar.