
EPÍLOGO — El regreso al corazón. Aprendiendo a Amar.
Del libro “Hij@s de la ayahuasca: Una nueva humanidad” escrito por Alejandro Tébar.
De todos mis años de ceremonias, pero sobre todo del último viaje a Brasil, no son las visiones lo que más recuerdo. Aunque vi imágenes estremecedoras, revelaciones luminosas y sentí una alegría y belleza indescriptible, nada de eso es lo esencial.
Lo verdaderamente valioso fue la sensación de haber recuperado mi alma, mi corazón. Una nueva vida. Cada ceremonia es un acto de amor por uno mismo que cristaliza con el renacimiento del Ser real.
La planta no me llevó a un lugar nuevo. Me devolvió a mí.
Por eso se dice que el viaje es hacia dentro: hacia la verdad de uno mismo. En esa búsqueda, el ego se disuelve, las máscaras caen, y uno empieza a conocerse y a enamorarse de sí mismo.
Meses después del viaje, una tarde cualquiera, estaba regando las plantas de mi casa.
No pensaba en nada.
Solo estaba ahí, presente, consciente.
Entonces sentí algo que reconocí de inmediato:
la misma presencia que había encontrado en la selva,
la misma quietud que me sostuvo en el caos de algunas ceremonias,
la misma luz que apareció en mis momentos de mayor miedo,
el mismo éxtasis que se siente cuando la planta te abre el corazón.
Sentí, de nuevo, el espíritu de la ayahuasca. Su alegría, su vitalidad, su amor maternal.
Pero esta vez no venía de afuera.
No venía de una planta,
ni de una ceremonia.
Venía de mí.
Era mi propio corazón:
abierto,
desnudo,
vivo.
Sentía que miraba de otra manera, con los ojos de un niño que siente y ve todo como si fuera la primera vez, nuevo y posible.
Comprendí entonces que el camino espiritual no es un ascenso ni un descenso, ni siquiera una búsqueda.
Es un regreso en espiral al origen. A nuestro origen.
Y el primer órgano que se forma en el feto es el corazón, y también el primero que se cierra o enferma en la infancia. De ahí, que la enfermedad coronaria sea la principal causa de muerte en los países occidentales: Queremos amar, pero no sabemos cómo.
Porque el corazón no es sólo un órgano.
Es una vibración.
Un lugar donde habita lo sagrado: dios; la vida real; la consciencia.
Desde esa vibración, la vida se volvió simple.
No fácil.
No perfecta.
No predecible.
Simple, y esencial.
Y en esa simplicidad encontré algo que había buscado durante años sin saberlo: la paz.
No la paz como ausencia de conflicto, sino la paz como presencia de verdad.
La paz que se reconoce en la mirada serena de quienes parecen haber descifrado el secreto de la vida.

A veces me preguntan qué encontré en Brasil, en la formación de chamanismo.
Qué aprendí.
Qué cambió.
“Me encontré a mí. Mi ser. Mi destino.”
Ese Ser no es especial.
No es extraordinario.
No es distinto al de nadie.
Es el mismo Ser que vive en ti,
el mismo que habita en el corazón de todos los seres humanos cuando despiertan.
El viaje termina aquí,
en este instante,
en esta página.
Pero también comienza aquí.
Porque cuando el corazón escucha su llamado,
ya no es posible volver a vivir dormido; desde la inconsciencia.
Toda búsqueda espiritual es un regreso al corazón.
Y el amor real, cuando finalmente lo encuentras, te deja pleno:
una plenitud que se convierte en presencia, en gratitud, en un éxtasis cotidiano.
Entonces ya no buscas.
Compartes.
Dedicado a Sandra Vieira y Casa Haira (Pepe, Luana, Coutinho, Nicolás, Adriano, Cecilia, Juranmy)




