¿Qué lloramos y purgamos en una ceremonia de ayahuasca?

Extracto del libro «Ayahuasca curandera», de Alejandro Tébar y Sandra Vieira

¿Qué lloramos y purgamos en una ceremonia de ayahuasca?

Las lágrimas que curan

El llanto, la purga y el fuego callado del cuerpo

«Las lágrimas son el reposo silencioso del corazón que ya no puede callar.» — Voltaire

Llorar no es un signo de debilidad. Es una de las sabidurías más profundas que guarda el cuerpo: la manera que tiene de volver a su equilibrio cuando la carga supera lo que puede sostener. En la ceremonia, ese llanto no solo desahoga: limpia el cauce entero.

El llanto no es el derrumbe: es la cura que ya estaba en marcha. La descarga con la que el cuerpo, desbordado, vuelve por fin a su medida.

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Lo que las lágrimas se llevan

Las lágrimas emocionales parecen ser exclusivas de nuestra especie: ningún otro animal llora de emoción. Durante mucho tiempo la ciencia no supo para qué servían. Hoy empieza a entenderlo, y lo que ha encontrado es asombroso.

Las lágrimas que brotan de la emoción no tienen la misma composición que las que lubrican el ojo: llevan dentro cortisol y otras sustancias que el cuerpo acumula bajo tensión. Los trabajos del bioquímico William Frey mostraron que, al llorar, el cuerpo expulsa por los ojos parte de esa química del estrés.1 Por eso uno se siente más ligero después de llorar: no es una impresión, es que el cuerpo se ha aligerado de verdad.

Y no solo suelta. Junto a esa limpieza, el llanto libera oxitocina, la molécula del vínculo y de la calma, y endorfinas, los analgésicos que el propio cuerpo fabrica y que alivian tanto el dolor del alma como el de la carne. Como si el organismo, al reconocer que estamos desbordados, abriera sus propias fuentes para consolarnos desde dentro.

El llanto no solo drena lo que sobra: también trae lo que cura.

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La calma que llega después

Cuando lloramos de verdad, con ese llanto profundo que sube desde el fondo, ocurre una secuencia precisa. Primero se enciende la alarma —el sistema nervioso simpático— en el momento álgido de la emoción. Pero enseguida, y aquí está lo esencial, toma el relevo la rama del descanso y de la reparación: la misma que se activa en la meditación o después del esfuerzo físico. De ahí esa bajada de revoluciones, esa quietud profunda, esa sensación de haber soltado un peso que se llevaba años cargando.

En la ceremonia esto ocurre a una profundidad que la vida ordinaria rara vez alcanza. La medicina destapa cargas de años, a veces de décadas, y el llanto que las acompaña es un llanto de cuerpo entero, sin freno, que las descarga todas de una vez. No es el llanto contenido de quien se avergüenza de sus lágrimas: es una entrega. Por eso muchas personas, después de llorar así, describen sentirse como recién nacidas, con el mundo más nítido y más ligero.

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El coraje de llorar

Si el llanto sana tanto, ¿por qué nos cuesta tanto? Porque nos enseñaron lo contrario. Desde niños oímos que llorar es de débiles, que hay que aguantar, que las lágrimas se tragan. Hemos hecho de la contención una virtud sin saber que reprimir el llanto mantiene alto el cortisol y deja dentro justo aquello que las lágrimas se habrían llevado. Tragarse el llanto no es fortaleza: es quedarse con el veneno.

Por eso, en la medicina, llorar es un acto de coraje. Hace falta valor para soltar el control que nos enseñaron a sostener, y confianza para entender que ese llanto no es una recaída, sino la señal de que algo verdadero se está soltando en tiempo real. Y hay un matiz que la ciencia subraya: no todo llanto cura igual. Llorar libera de verdad cuando ocurre acompañado, comprendido, en un lugar seguro donde uno se siente sostenido.2 Justamente eso es la ceremonia: un espacio protegido, unas manos que cuidan, unos cantos que acompañan.

La lágrima que más nos avergonzaba suele ser la que más nos libera. No nos deshace: nos devuelve a nosotros mismos.

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El fuego callado

Hay un efecto más silencioso que el llanto y que la purga, y más duradero. El nervio vago gobierna una vía que apacigua la inflamación del cuerpo. La medida de cuánto trabaja ese freno tiene nombre —el tono vagal— y la ciencia lo ha ligado a la serenidad, a la resiliencia, al ánimo estable.

En los años noventa, el neurocirujano Kevin Tracey derribó un viejo dogma al mostrar que lo nervioso y lo inmunitario no trabajan por separado. Lo llamó el reflejo inflamatorio: el vago detecta el fuego en cualquier rincón del cuerpo, avisa al cerebro, y este devuelve por el mismo nervio la orden de apagarlo. Todo ocurre en milisegundos. Pero ese auxilio solo acude si el tono vagal es alto, y el estrés crónico lo apaga. Entonces la inflamación se vuelve constante, callada, permanente.

Aquí está el dato que lo cierra: el equipo de Galvão-Coelho midió que, tras una ceremonia, marcadores de inflamación como la IL-6, el TNF-α y el cortisol descienden y se mantienen bajos durante semanas.3 Lo que se vive como una noche difícil es, por debajo, un acto de integración de una precisión asombrosa. Y por eso limpiar el cuerpo es, a la vez, limpiar la mente: no son dos limpiezas, sino una sola recorriendo el mismo camino.

Conviene distinguir, porque el cuerpo distingue. El vómito de una intoxicación se vive como una agresión: dolor, debilidad, un organismo que pelea contra algo. La purga de la medicina es lo contrario: se vive como una descarga que libera, y deja ligereza, alivio, una lucidez que antes no estaba. El cuerpo no expulsa un veneno: suelta lo que retuvo durante años. El mismo gesto, dos verdades opuestas. Y eso explica que dos personas con la misma dosis vivan cosas distintas: quien lleva más tensión guardada en la carne tendrá más que soltar; quien esa noche no arrastra un peso congelado puede atravesar la ceremonia entera sin una sola arcada, y salir igual de limpio. Lo que la purga libera es, muchas veces, más del alma que del estómago.

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La mujer que no había llorado en veinte años

Carmen no lloraba. No por dureza, sino por costumbre: había aprendido de niña, en una casa donde las lágrimas se castigaban, que llorar era peligroso, y cerró ese grifo tan a fondo que pasó más de veinte años sin derramar una sola lágrima. Ni en los entierros, ni en las rupturas, ni en los peores momentos. Se enorgullecía de ello; lo llamaba ser fuerte. Pero por dentro cargaba con un peso sordo, una tristeza comprimida que no encontraba salida.

En la ceremonia, cuando la medicina abrió esa vieja cerradura, el grifo cerrado durante dos décadas se soltó de golpe. Carmen lloró como no recordaba haber llorado jamás, un llanto enorme que le venía de muy adentro y que no podía ni quería detener. Lloró todo lo que no había llorado en veinte años —entierros y rupturas y noches solas, todo junto—, en una descarga que le duró casi toda la noche.

Y cuando por fin cesó, agotada y limpia, sintió algo que la sorprendió: no estaba deshecha. Estaba en paz. Más ligera y más entera de lo que se había sentido en toda su vida adulta. «Creía que llorar me haría pedazos», dijo al amanecer. «Y ha sido justo lo contrario: llorar me ha devuelto a mí misma.»

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Deja que la lágrima suba: no viene a romper nada.

Suelta lo que llevas años sosteniendo.

Y descubre, al amanecer, que lo que temías era tu propia cura.

Notas

  1. Frey, W. H. (1985): Crying: The Mystery of Tears. Minneapolis: Winston Press.
  2. Gračanin, A., Bylsma, L. M. y Vingerhoets, A. J. J. M. (2014): «Is crying a self-soothing behavior?», Frontiers in Psychology, 5, 502.
  3. Galvão-Coelho, N. L. y cols. (2018): «Cortisol modulation by ayahuasca in patients with treatment resistant depression and healthy controls», Frontiers in Psychiatry, 9, 185; y Uthaug, M. V. y cols. (2018), sobre marcadores inflamatorios tras el uso ceremonial.

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